martes, 31 de enero de 2012

Darse cuenta


Decimos oposición para distinguir a las voces que en un momento dado se diferencian de las del oficialismo de turno.

Idealmente, la oposición la practican los partidos ajenos al Ejecutivo. Hoy en día, ante el vaciamiento de las casas políticas, ese ejercicio depende de figuras circunstanciales (o no) que enarbolan banderas de negación a lo que decide y actúa el gobierno.

Es inapriopiado y desacertado hablar de oposición. Da idea de conflicto, de desacuerdo irreparable. Es estar enfrente para salvar un espacio ante la siguiente contienda electoral.



Y eso, ¿qué tiene de positivo? Es parte del mismo circo montado por la antidemocracia, que barre las instituciones imprescindibles para la sana organización política de una sociedad.

No se debería decir oposición. Indica el solo hecho de estar en contra. Así, es difícil arribar a algún destino propicio.

En vez de oposición (esperemos que sea la última ocasión en que deba volcar esa palabra a este texto) habría que pensar en complementación, en control y en doctrinas.

La función de los partidos legítimos es generar posturas y programas; formar dirigentes y militantes que las desarrollen; controlar a sus mandatarios y a los de la otra vereda.

Si por alguna cuestión mágica, deseable, hubiéramos dado pie a un proyecto nacional común, admitido y apoyado por el marco regional del Mercosur, los partidos estarían encaminados a construir ese sendero en una difusión de ideas sustitutivas o complementarias a las oficiales. No tendrían sentido la disputa soez, las amenazas, los contubernios y la sospecha permanente.

Cuando sea el momento de darnos cuenta estaremos madurando como sociedad, enfocando entre todos los problemas y las soluciones, alentando a la gente a sentirse parte de la edificación democrática de nuestro amado País.